El aplauso más incómodo
Una función en una escuela del sur que nadie quería terminar.
No suelo escribir después de las funciones. Pero esa noche, en un colegio público de Neuquén, algo me obligó a abrir el cuaderno apenas llegué al hotel.
La obra terminó como siempre: blackout, silencio, esos tres segundos eternos que separan al actor del público antes de que decidan si aplauden. Aplaudieron. Pero esta vez, cuando se prendieron las luces, ninguno se levantó.
Esperé. Saludé. Volví al telón. Cuando bajé por la escalera lateral, una chica de tercer año me agarró del codo y me dijo: 'tengo que contarte algo'. Tenía catorce años. Me habló durante veinte minutos. No la interrumpí.
Lo que me contó no importa acá. Lo que importa es que después, cuando salí, había una fila. Veintidós chicos esperando. Veintidós historias que necesitaban salir. Estuve hasta las dos de la mañana en el hall del colegio. Algunos lloraron. Otros, nada — sólo querían que alguien los mirara mientras hablaban.
Volví al hotel cuando ya empezaba a clarear. No pude dormir. Estaba enojado y agradecido a la vez. Enojado de que necesiten un actor de paso para escucharlos. Agradecido de que les sirva. Y enojado de nuevo por estar agradecido.
Esto que hacemos no es teatro. El teatro fue la excusa. La función real empezó después.
“Lo que me contó no importa acá. Lo que importa es que después, cuando salí, había una fila.”
— A.O.